Nada es más...

Tic tac toe



Qué es la madrugada si no un vaticinio. Qué es la mañana cuando le cubro el rostro. Qué son las tardes cuando me falla la voz. Y la noche ¿qué más da si existe la noche?



Extranjeros se apropian de la página siguiente. En ella una embarcación oxidada y una tripulación fantasma. A tientas por las habitaciones descubro al hombre tuerto. Tras el ojo de vidrio se deslizan los extranjeros al puerto.
Es madrugada, las mujeres bajan.
El cristal empañado, la niebla arropa a las sombras. Te remontas a una niñez con olor a pescado. La mañana baña a los huérfanos entre sus brazos. El oleaje les cala los huesos.
Crecerán. La tarde atravesará sus ojos. El pestañeo del tuerto me deja verlos volver. Los hombres bajan.
La noche entre pieles ajenas. Cierro los ojos. Sentada en el parque ausculto las hojas y su vaivén a contraluz. Como un barco fantasma.

7 de septiembre, 2006

Este texto corresponde a una entrada del blog (7 de septiembre del 2006). Ha sido reescrita en octubre del 2009...



Nadie podría dar con mi enfermedad. Aun ¿soy yo o el resto de los mortales? Me lo pregunto por curiosidad, y esa sí que es la peor desgracia de todas las que figuran con delantal y estetoscopio.

Estaba en la consulta, frente a un rosario de cabezas apoyadas contra la pared. Esperábamos, no sé si al doctor o a que se desocupara un asiento. Y ahí donde los enfermos concurren a constatar la cercanía de la muerte, yo.

Escucho mi nombre en la imaginación, ralentizado y difuso entre tanto diagnóstico del hijo del hermano de la vieja que desparrama su humanidad en el primer banco que queda libre.

Sus palabras se siguen como los cuerpos en la morgue, algunas llegan a convertirse en el mármol que un mendigo roba y trueca por comida. Me sorprendo masticando junto a ella . De pronto la voz del asistente por arte de magia levanta los cien kilos en un abrir y cerrar de ojos.

A solas con la masa advierto cuán en vano es intentar poner el mármol en el sitio que corresponde. Más de alguna vez deposité un Pedro donde había un Enrique. Da igual. La gente se apila en este cementerio y sus pies cubren las lápidas que con tanto esfuerzo grabamos sobre el difunto equivocado.

Muda de las Sierpes - VI




Sueño agazapadas madres.
Claman.
Guardan en los puños gotas de rocío.

Ramos de flores
recolectan
para echarlos a la hoguera
y calentar el hastío invernal.

Y, al final, ¿qué nos queda?
Un par de cartas que ven la suerte.
Nos dicen que ellas
son las concubinas del olvido,
el íntimo grito del sudor,

la sal de la Tierra.

El circo

"Walk in silence, don't walk away in silence
See the danger always danger"

Joy Division

Desnudarse no es tarea fácil, excepto cuando las chicas vienen a quitarme la ropa y yo las dejo como si fueran mi mamá. Y me quedo quieta, como una niña más, una niña del mundo más.

Cartas


Reconozco las miradas si se esconden tras los vidrios, mis ventanas se abren de vez en cuando y ahí te descubro, con los dedos desnudos y frágiles. Ya no tienen a qué aferrarse. Y las láminas donde depositábamos recuerdos se hunden en el café de la mañana, de la tarde, de la noche. Llega el insomnio y los sueños que no alcanzaron a entrar en el dormir se alojan en los párpados, a la intemperie sin desgarro. Sólo al roce he entregado mi alma, y por ahí anda recolectando cuerpos para habitar. Los mapas de exploradores que se perdieron porque la lluvia borró las ciudades, las programaciones nocturnas -sólo para adultos- de la TV, los diarios y revistas que relatan lo que nos pasa... Nadie podrá explicar qué hicimos, que fue de los violadores, de los asesinos, de los comerciantes, de las mediocres estrellas y de las modelos que cumplían con las medidas perfectas para que les calzara el vestido de Reinas. No saben lo que hicimos con los engranajes de esta máquina. Tú podrías denunciarme, así como yo podría culparte, pero no sabemos bien dónde quedaron, quizá se metieron en los pliegues que se hacen en la ropa al chocar nuestros cuerpos.

Nada queda de eso, demos gracias a los violadores, asesinos, comerciantes y estrellas que brillan por el reflejo del maquillaje en los flashes de lo humano, mediocres al fin y al cabo. Sabrán que tras el destello sobreviven un par de hojas que se apilan en mi habitación, esperando que alguien saque al cartero de mi cama que ha traído otra vez cartas sin remitente, cartas solamente.

Ironía escéptica - apuntes

Si debe considerarse un punto de partida para la propuesta de ironía escéptica, éste ha de ser que tal ironía se levanta contra el sueño de lo definitivo. Por esto se ha de entender una especial disposición afectiva que busca y se aferra a lo que perdura, que desdeña la constancia de la duda y cuyas interrogaciones está predeterminadas por una respuesta. La ironía escéptica pone en crisis esa disposición en vistas a la “vida sin creencias” y a la consiguiente ataraxia, de tal modo que la indagación insiste en la lucidez respecto de lo que provoca la intranquilidad del alma, a saber, el apegarse a lo que se pretende determinante.

La llave perdida y el doble

Hay problemas cuya resolución no consiste en una mera respuesta como si fuéramos máquinas programables. La ironía de un Sócrates, los ensayos de un Montaigne, el hombre de arena de un Hoffmann, el padre de un Kafka, los misterios de un Lovecraft, aun la erudición de un Borges, rebasan lo que algunos ceños fruncidos denominan ‘univocidad de sentido’.
Uno de esos problemas es el de la llave perdida. Lo primero es “reconstituir la escena”, como si hubiera sido otro el que ejecutó las acciones (aunque si tuvo sexo con su pareja mejor saltar este paso). Ésta es la primera instancia de desdoblamiento, ese otro que soy me escondió la llave en un momento de descuido. La reconstitución de escena, del mismo modo en que lo hace un detective con el asesino (¿quién no quiere matarse cuando tiene un minuto para encontrarla?), consiste en acceder a la racionalidad de aquél que somos, no obstante que pasa desapercibido. Es necesario volver a una conciencia que a ratos nos es ajena.
La segunda instancia es el cambio de racionalidad. Agotados los esfuerzos por dar con la maldita llave, empiezas a examinar lo que está-a-la-mano. Ese giro en el modo de enfrentar el problema es la consecuencia de la total extrañeza ante lo que somos. El doble es irreductible a la conciencia y se puede aparecer como la sombra, el inconsciente o simplemente el duende desgraciado que te esconde la llave. Entonces el pensamiento empieza a atender a la multiplicidad del sentido y ahí surge, en la apertura de la conciencia, la cartera, el bolsillo y luego el cuerpo. Ese otro que soy tenía la llave en su mano.

A. Schopenhauer y la risa

Para Arthur Schopenhauer la incongruencia es la idea central de su teoría de la risa. Tal incompatibilidad requiere un concepto y un objeto particular que sea incluido y representado por él, pero que por algún aspecto más importante se excluye y difiere de todo lo que se suele pensar bajo dicho concepto (Schopenhauer, 1960, p. 651). De este modo se da el contraste entre la abstracción y la intuición por medio de una inclusión paradójica. Lo abstracto, es decir el concepto, corresponde a una noción general que nos hace esperar algo de lo particular; sin embargo, la intuición abre una fisura irreconciliable con lo abstracto, lo quebranta, develando la fragilidad de aquél respecto de la realidad, que no es sino la rebeldía de lo singular emergiendo al borde de la irracionalidad. De ahí la insólita irrupción de la ironía horadando el sentido común que se compone de pre-juicios muchas veces refugiados en la economía del concepto.